jueves, 9 de enero de 2014

LIBERTAD.

Ya se encontraba consigo mismo y nadie más en aquella gran habitación. Se encontraba raro. Le acababa de decir a la mujer de su vida lo que nunca se esperaba que saliera de su boca:
-Seguiré siendo libre, porque ya lo fui contigo, y en eso, nada cambia. Te echaré de menos, sentiré pena y coraje, lloraré. Lo lamentaré toda mi vida y tu sabrás que siempre estarás en mi mente. Pero ahora sigo siendo libre, sigo queriendo quererte, sigo queriendo desearte, porque nunca fuiste mía, porque tú, también fuiste libre, y tú, no eres de nadie más que de ti misma. Ahora no te ahogaré con chantajes camuflados en victimismos ni penas rastreras. Ahora, sigue siendo libre, sigue actuando con la libertad que te dio tu madre al parirte y que algunos intentan quitarte con sucias ideologías que no son del pasado (si quiera), que son atemporales, porque siempre que haya libertad, habrá odio hacia ella. Yo no odiaré tu libertad, porque es tuya, y te sigo queriendo.
Bañista sentada en la orilla del mar, Pablo Picasso.

miércoles, 8 de enero de 2014

ESPERANZA.

Su luz era diferente, pensaba. Transmitía una energía especial, era una joven, no demasiado espectacular. Acababa de verla por primera vez, pero no pudo resistirse, se dirigió a ella y... le preguntó la hora (y porque ya estaba demasiado cerca y con el gesto de querer decir algo). Ella, con un gesto de desagrado le respondió desagradablemente que no tenía reloj, ni móvil, ni nada y volvió la mirada a otra parte. Tras siete intentos en el último mes,  no había conseguido enamorar ni pedirle matrimonio a ninguna de las desconocidas que se encontraba en el bus. Estaba decepcionado, desesperado. A la mañana siguiente, y tras más de setenta años cogiendo el mismo bus, cambió de línea para dirigirse al centro.
Anciano Afligido, Vicent Van Gogh.

DESESPERACIÓN.

Le dijo bajo la tenue luz y entre lágrimas que quería otra oportunidad, no para él, si no para los dos, para mejorar todo lo anterior, para vivir otra historia en la que las intenciones se convirtieran en hechos y los sentimientos en palabras y caricias. Ella no sabía que sentía, su duda era dolorosa, paralizaba sus besos, su cariño. Él no sabía que podía ser lo mejor, ni para él, ni para ella, ni para ellos. Él, cobarde se moría poco a poco, la situación le ahogaba, la aparente indiferencia de ella era como agua a presión chocando contra su nariz, su boca y sus ojos. En la espera acabó esta historia, que en sí, fue historia, porque de algún modo, acabaría. Quizá, lo efímero se hizo eterno... 
Las lágrimas de Narciso, Guillermo Pérez Villalta.